domingo, 6 de octubre de 2013

Cuando vuelve el invierno vuelven a mí las palabras.
Es raro empezar el invierno cuando han cambiado tantas cosas,
Es raro escribir cuando eres casi feliz, cuando ya casi no hay dolor en tus días.
También es raro la vuelta al invierno cuando tus abrazos favoritos están a 8426 interminables kilómetros de ti, cuando ya no suena imagine dragons en ratos de tres en los que el mundo está de más, cuando el otro tercio de tu corazón cambia su vida e inicia su sueño en una parada de metro que no es la tuya, que ya no implica escuchar su risa cada día.
Es extraño también comenzar la estación de las tormentas, meteorológicas y psicológicas, con el corazón ocupado, con los días llenos de detalles y sonrisas tontas.
Pero sigo sacando mis calcetines de invierno, siguen naciendo las palabras en páginas y páginas cada noche, siguen salvándome las palabras cada vez que la vida me enseña, siguen siendo mis palabras, siguen siendo mis domingos.

Y siguen siendo las palabras y la lluvia las que me obligan a decir adiós al verano, adiós al mar, adiós al sol, o más bien hasta luego. Y saludar a mi inspiración en forma de días grises.

lunes, 6 de mayo de 2013

''es sólo una mala racha corazón, vuelvete a la cama''.


¿Cuántas horas llevaba sonando esa canción?
Cuantas cosas aprendí  aquel invierno,
Todo se dio la vuelta,
Un día desperté perdida en medio del océano, sin puertos seguros,
Tiritaba de frío y ni siquiera estaban ahí tus ojos marrones capaces de incendiarme el alma con una mirada.
Tampoco estaban ahí todas aquellas que juraron ser para siempre.
Nadie estaba, nadie era, sólo era yo, y todo lo demás ya no existía.
Descubrí todo eso un miércoles cuando sonó el despertador a las 6 y 47,
Y me dí cuenta de que había visto mi vida desde fuera durante meses,
Y ya todo daba igual. Las promesas que me hicieron, las cartas que me escribieron,
Las lágrimas que escribí y derramé yo.
Pero nada importaba, ni siquiera las caras nuevas, las cenas con mi madre en las que me observaba en silencio durante treinta y cinco minutos.
Tampoco me importaban ya esas ocho sonrisas que se dieron la vuelta buscando el sol, dejándome sola en mi invierno, en mi infierno.
Las salas de espera, los 53 minutos diarios de dolor después de cenar cada día.
Todo estaba de más, a mi no me importaba, cuando desperté no vi nada más que vacío.
Tampoco sentí ese resentimiento de quien se siente abandonado, sólo el calor de quien recibe la primavera, y vuelve a reírse por dentro.
De quién vuelve a saber porque sufre o porque llora.
De quién recupera en un segundo las riendas de su propia vida.
Hoy no me importa que fue de esos meses, quienes se marcharon,
Pero jamás olvidaré quienes estuvieron, jamás olvidaré quienes trajeron la primavera.
Hoy apenas recuerdo aquel invierno, apenas recuerdo la nieve bloqueando mis arterias, aquel frío en los huesos que nunca desaparece; a veces, vuelve el frío, pero siempre consigo echarlo de mí, recuperar mi calor.
Como recuperé el calor aquel miércoles con un par de ojos marrones que lucharon más que los míos,
Con cuatro sonrisas que aparecieron en un momento y que espero que si permanezcan para siempre, que espero saber cuidarlas yo también, y darlas calor, y quererlas como se quiere a quien te trae la primavera. Como se quiere a quién te salva del peor invierno de tu vida.

lunes, 8 de abril de 2013

Despertar y que sea abril en mi colchón y siga siendo otoño en el corazón

La primavera se posaba en la ventana,
Mientras el invierno seguía latiendo con desgana,
Sólo quería perderme una vez más en su locura desordenada,
En todo ese dolor en un solo corazón,
En unas manos que tiemblan si hablas de amor.
El humo vuela como vuelan los recuerdos, asciende y desaparece,
 Desaparecen las broncas, las luchas corazón a corazón,
Los  gritos y los portazos a las puertas de la ilusión.
Nunca se supo,  jamás se dejó de saber,
Siempre fue el secreto a voces de todos aquellos que soñaban con ver alguna vez de cerca el culo más bonito de la ciudad.
Era esa cara de niño malo,
Que había soñado hasta sentirse tan desesperado como para perderse,
Alguien que había perdido toda la esperanza en la partida de póker de los corazones.
Pero tampoco le quería sólo por eso.
Le quería porque su sonrisa acababa con la melancolía del domingo más triste del mes,
Porque sabía cómo acariciarme las muñecas y el alma a la vez,
Porque todo dolor que provocaba incendios en mi alma cada noche,
Eran sólo cenizas cuando se fusionaban su barba de dos días y ese sonreír tan suyo,
Sabía como hacerme olvidar lo injusto que había sido conmigo el árbitro en el partido de la vida,
Y sabía hacer que encontrara la calma en la cuenta de sus incontables lunares,
Y olvidara la tormenta desatada en mi interior.
Porque cada madrugada, a las 3 y 36 hay tormenta en mi corazón desde que él no está.
Porque cada noche, a las 3 y 36 el mundo se da la vuelta y es sólo mundo, sin él.
Porque a veces durante tres segundos, o cinco minutos, vuelvo a sentir aquel vértigo,
Aquel sentir desaparecer el dolor de mis venas, derretirse mi sangre,
Y florecer mi corazón después del invierno más largo de nuestras vidas.
Otras veces recuerdo todo el dolor que vi en tus pupilas, los terremotos,
Pero también recuerdo cada vez que se echaba a reír, y el mundo era mejor en esos momentos, no tengo ninguna duda.
Hace meses que no pido comida china para dos, ni lloro con películas de amor, hace meses que no siento florecer mi corazón.
Nunca estuvimos a tres metros sobre el cielo,
Pero nos salvamos, el uno al otro,
Del invierno, de la rutina,
Del infierno que aquel primer jueves vi en sus retinas.


Digamos que tu nunca y mi tal vez se traducen en un simple "ya fué".


Me dolían los ojos de tanto admirar su luz,
El dolor que salía por sus ojos,
La hipocresía de todos aquellos que creían entendernos.
Como si fuéramos un ejercicio de matemáticas,
O un sudoku, pero no era así,
Sólo éramos dos corazones,
Que lo arriesgaron todo,
Hasta acabar en pedazos en en suelo de la habitación,
Esa habitación que vivió el primer palpitar de estos corazones al compás.
La primera vez que se acompasaron los suspiros,
La primera vez que supe aprender a dormir,
A olvidar, a disfrutar, a respirar,
Respirar como respiran las rosas, y las personas idiotas.
A mirar a otro lado, porque eso es la felicidad.
Creían que estábamos locos,
Y los locos eran ellos, que buscaban una explicación, una fórmula,
Para estos corazones que hace tiempo dejaron de latir con sus normas.

domingo, 3 de febrero de 2013

''Borrarme la señal de tus colmillos''


Domingo, domingos de corazones en llamas y ojos inundándose  más a cada letra que escribes en ese estúpido papel. Ese estúpido papel que te salva de la locura, o algo así. Cuando llega el frío, y las tormentas a ambos lados del cristal de la ventana, las tormentas dentro y fuera de tu piel.
Y  cuando ni mis ojos aguantan ya tantos restos de ese ‘casi amor’, John Mayer juega con lo que queda de mi cordura. Pienso en todo lo que vivimos, las imágenes de instantes en mi cabeza, en todos sueños frustrados, en todos los papeles arrugados en el suelo de la habitación.
Las noches frías, los cafés calientes y las cosquillas en el alma. La vida que no permite que elijas, siempre tiene una sorpresa para ti. Puedes elegir que te pondrás mañana, si hoy escribes en negro o en azul, o si hoy permitirás que sus pestañas acaben haciendo cosquillas en tu hombro. Pero jamás tienes el control, de pronto la vida te dice que hoy tu corazón da un vuelco, que hoy un abrazo sanará todas las cicatrices, o esa guerra de corazones causará más heridas que nunca. Y ya da igual que te pongas mañana, en que color escribas o si te dejas llevar hasta sentir sus pestañas.
Domingo, domingo de vértigo. De mirar desde arriba, de pensar en todos los terremotos y amaneceres que vi en sus pupilas. En todo el tiempo, todos los sueños, las canciones, las caricias y las cervezas.
En la fugacidad de los minutos cuando te gusta la canción, en pupilas que le dan sentido a tu vida, en  espaldas con lunares que se fuman cigarros sentadas en el borde de la cama.
Domingos de canciones de John Mayer, de despedirse para siempre de nuestros abriles y todos esos números que sumaron treinta y seis, de creerse invencibles, de  vivir contra corriente. Es el fin de los labios que chocan al ritmo de la banda sonora de alguna película, es el fin de los lunares incontables de tu espalda, el fin de aquella complicidad, de las ganas en suspiros y los años sólo en números. Es el fin de lo que pudo ser, y no fue, por ser la vida como es.

martes, 29 de enero de 2013

Queridos cuatro corazones



Cuatro sonrisas desinteresadas de un martes por la mañana. Cuatro abrazos sinceros de una mañana de enero. ¿Puedo pedir más?
Desde luego que no, cuatro corazones que se cuelan en mi vida sin previo aviso, cuatro nombres que se escriben en mi historia. En mayúsculas.
Hoy cojo aire, respiro, y miro un poco hacia atrás para hablar de ellas. Y no encuentro el principio, sólo veo días y meses que vuelan en el calendario y cuatro personas que me sacan sonrisas en cada una de las fugaces casillas de ese calendario. Veo cuatro risas, cuatro canciones, cuatro caracteres, cuatro miradas de cariño y comprensión.
No puedo pedir más, no quiero más. Cuantas veces habré escrito sobre amistad, y que pocas como esta. La amistad que crece como algo natural, con ellas cuatro, día a día, canción a canción.
Doy las gracias a esas cuatro sonrisas, a esos cuatro abrazos en enero.  Y espero ser capaz de poder aportarles algún día tan solo la mitad de lo que me dan ellas cada día. Gracias por darle alegría a mis días, sois increíbles. 
Queridas cuatro sonrisas.



domingo, 27 de enero de 2013

'Perdimos el norte y la fe, o nunca la tuvimos, no se'


Comienza el final, sin apenas haber acabado el principio.
Podría decirte tantas cosas, aunque todo lo importante se diga sin hablar.
Tus ojos oscuros me están arrancando el pasado, sin preguntar.
Madrid sigue como siempre, me falta tu cuerpo, mi risa, tus sueños.
Podría contarte como dueles, podría decirte que ya encontraríamos el modo.
Podríamos mirarnos, y dejar de romperlo más. Podríamos querernos, perdernos como solíamos hacer.
Podría contarte tantas cosas, podría contarte las ganas locas de amarte cuando te veía durmiendo.
Podría decirte que a pesar de las heridas sigues siendo mi más perfecta medicina.

Madrugada de domingo


Las agujas del reloj giran y avanzan sin pausas, cruelmente, como pequeñas máquinas de tortura perfectamente programadas.
La cama me resulta incómoda, o quizás lo son más los pensamientos que giran en mi cabeza.
En la madrugada de un domingo suena de fondo alguna canción, una de esas con sobredosis de recuerdos.
Alguna canción de pereza, la voz de Leiva llega dentro de mí con un suave ‘llévame al baile’, entra en mi cabeza e invita a bailar a todos mis recuerdos, los lleva y los trae, los hace girar y dar volteretas al compás de un piano.
¿Quién sabe por qué ocurren así las cosas? Algún tal vez hace palpitar alguna cicatriz. Alguna cicatriz causada por todo aquello que pasó por tu vida y se marchó dejando un vacío.
Algún error de esos que cambian completamente el rumbo de todo, como cuentan del efecto mariposa, todos los pequeños detalles que marcaron las grandes diferencias, como pequeñas mariposas cuyo aleteo provoca huracanes en la otra punta del mundo.
Todas las personas que llevamos tatuadas en el alma, nos guste o no.
Todas las sonrisas que cambiaron nuestra vida y curaron el dolor.
Y  todas las miradas que calaron el alma en una corchea de alguna canción.