La primavera se posaba en la ventana,
Mientras el invierno seguía latiendo con
desgana,
Sólo quería perderme una vez más en su
locura desordenada,
En todo ese dolor en un solo corazón,
En unas manos que tiemblan si hablas de
amor.
El humo vuela como vuelan los recuerdos,
asciende y desaparece,
Desaparecen las broncas, las
luchas corazón a corazón,
Los gritos y los portazos a las
puertas de la ilusión.
Nunca se supo, jamás se dejó de
saber,
Siempre fue el secreto a voces de todos
aquellos que soñaban con ver alguna vez de cerca el culo más bonito de la
ciudad.
Era esa cara de niño malo,
Que había soñado hasta sentirse tan
desesperado como para perderse,
Alguien que había perdido toda la
esperanza en la partida de póker de los corazones.
Pero tampoco le quería sólo por eso.
Le quería porque
su sonrisa acababa con la melancolía del domingo más triste del mes,
Porque sabía cómo
acariciarme las muñecas y el alma a la vez,
Porque todo dolor
que provocaba incendios en mi alma cada noche,
Eran sólo cenizas
cuando se fusionaban su barba de dos días y ese sonreír tan suyo,
Sabía como hacerme
olvidar lo injusto que había sido conmigo el árbitro en el partido de la vida,
Y sabía hacer que
encontrara la calma en la cuenta de sus incontables lunares,
Y olvidara la
tormenta desatada en mi interior.
Porque cada
madrugada, a las 3 y 36 hay tormenta en mi corazón desde que él no está.
Porque cada noche,
a las 3 y 36 el mundo se da la vuelta y es sólo mundo, sin él.
Porque a veces
durante tres segundos, o cinco minutos, vuelvo a sentir aquel vértigo,
Aquel sentir
desaparecer el dolor de mis venas, derretirse mi sangre,
Y florecer mi
corazón después del invierno más largo de nuestras vidas.
Otras veces
recuerdo todo el dolor que vi en tus pupilas, los terremotos,
Pero también
recuerdo cada vez que se echaba a reír, y el mundo era mejor en esos momentos, no
tengo ninguna duda.
Hace meses que no
pido comida china para dos, ni lloro con películas de amor, hace meses que no
siento florecer mi corazón.
Nunca estuvimos a
tres metros sobre el cielo,
Pero nos salvamos,
el uno al otro,
Del invierno, de
la rutina,
Del infierno que
aquel primer jueves vi en sus retinas.