Las agujas del reloj giran y avanzan sin pausas,
cruelmente, como pequeñas máquinas de tortura perfectamente programadas.
La cama me resulta incómoda, o quizás lo son más los
pensamientos que giran en mi cabeza.
En la madrugada de un domingo suena de fondo alguna
canción, una de esas con sobredosis de recuerdos.
Alguna canción de pereza, la voz de Leiva llega dentro de
mí con un suave ‘llévame al baile’, entra en mi cabeza
e invita a bailar a todos mis recuerdos, los lleva y los trae, los hace girar y
dar volteretas al compás de un piano.
¿Quién sabe por qué ocurren así las cosas? Algún tal vez
hace palpitar alguna cicatriz. Alguna cicatriz causada por todo aquello que
pasó por tu vida y se marchó dejando un vacío.
Algún error de esos que cambian completamente el rumbo de
todo, como cuentan del efecto mariposa, todos los pequeños detalles que
marcaron las grandes diferencias, como pequeñas mariposas cuyo aleteo provoca
huracanes en la otra punta del mundo.
Todas las personas que llevamos tatuadas en el alma, nos
guste o no.
Todas las sonrisas que cambiaron nuestra vida y curaron
el dolor.
Y todas las
miradas que calaron el alma en una corchea de alguna canción.