Miraba la lluvia chocar contra los cristales y resbalar
después hasta caer al vacío. Miraba como las gotas intentaban agarrarse a ese
cristal, para acabar cayendo y fracasando en el intento. Veía como lo hacían,
una tras otra, malditas gotas, todas iban a caer, ninguna iba a conseguirlo.
Eran aproximadamente las cuatro de la madrugada de un
sábado sin ganas de pensar, ni de encontrarte. Me encontraba metida en un
coche, hablando sin cesar, de todo aquello que intentaba defender sin ni
siquiera comprender. Eran aproximadamente las cuatro de la mañana cuando
entendí todo eso, mientras veía chocar las gotas de la lluvia de abril. Llevaba
meses jugando a no perder, jugando a no intentarlo, tenía tanto miedo que no
quería arriesgar. Yo no era de esas, a mí nunca me había gustado tomar el camino
fácil, siempre me ha gustado más arriesgar y fracasar que no haberlo intentado.
Nunca me he considerado una cobarde, nunca he querido saber que sería de mi
mañana, siempre he luchado por lo que quería. ¿En que momento me perdí? En que
momento dejé de ser lo que creía que era para ser lo que soy ahora. Es cierto,
quizás llevaba unas cuantas cervezas pasando factura a mi maldito cerebro
alocado, quizás demasiadas noches en vela, y miedo a montones. Quizás todas
esas estupideces me llevaban a ver mi vida en unas simples gotas de lluvia.
Pero en ese momento comprendí que quería intentarlo, que siempre había querido
intentarlo, pero tenía miedo de demostrar que me importaba, me daba miedo
mostrar mi miedo a fracasar. Todo me daba miedo, pero esa no era yo, y
necesitaba encontrarme.