jueves, 12 de abril de 2012

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Giró la llave en la cerradura, el mundo daba vueltas a su alrededor. Ya no sabía si era por el alcohol o por su mirada, o por su olor.  Ya no sentía tener el control sobre su vida, todo perdía el sentido cuando el desaparecía por aquella esquina, y sólo volvía a funcionar cuando la miraba y la sonreía.  Era tan simple, simplemente todo parecía especial si él estaba cerca. Pero era inalcanzable, asquerosamente inalcanzable, dolorosamente inalcanzable, morbosamente inalcanzable, aunque sonara mal decirlo, ¿Sabes eso que dicen de lo prohibido? Eso de que lo fácil aburre, lo difícil atrae y lo imposible enamora. Pero no, no, no, en absoluto. Ella no estaba enamorada. Eso iba contra cualquier ley física, química, histórica, moral y seguro que también judicial. Pero sólo le venía a la mente una ley, la ley de la imposibilidad del fenómeno. Él era el fenómeno.  Eran aproximadamente las cinco de la mañana, cuando ella subía las escaleras de puntillas, con los tacones en la mano, y su sonrisa en la cabeza.